16 / 10 / 2017

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El desarrollo de la autorregulación en el niño

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EL DESARROLLO DE LA AUTOEXIGENCIALa autorregulación es una de las técnicas psicológicas más utilizadas y se usa para que el niño aprenda a regular su conducta mediante la observación de sus propios actos. Así el niño toma conciencia de ellos, y se le pide que reflexione sobre ellos, las consecuencias de los mismos, de cómo se siente al respecto, y de si esas consecuencias son positivas o no. Se el enseña y entrena a hacerlo, llevando un registro por escrito de ellos.

Hay evidencia de que el desarrollo de la autorregulación en el niño tiene compomentes neurológicos que la determinan. La maduración de los reflejos primarios y de ciertas áreas del cerebro, especialmente los lóbulos frontales, permiten al niño “inhibir las respuestas” (Thompson, 2006). Los lóbulos frontales sufren dos periodos de rápido crecimiento, uno en la primera infancia y otro de aproximadamente de los 4 a los 7 años, y estos períodos son consistentes con las tendencias de desarrollo en la autorregulación que han descrito Hudspeth y Pribram, 1990; Luria, 1973.

Los precursores de la autorregulación aparecen pronto en la vida

Los bebés muestran evidencia de autorregulación bien temprano. No parece ser una autoregulación consciente y sí instintiva. A las pocas semanas muestran un control primitivo (“reflejo”) de su comportamiento (se alejarán de las fuentes excesivas de estimulación (música, voces,…).

Entre los 12 y los 18 meses los niños muestran conciencia de las demandas sociales de su entorno (son capaces de cumplir con simples peticiones de su cuidador (“ven aquí”, “adiós”, pueden iniciar, mantener y detener comportamientos voluntariamente, particularmente cuando están interactuando con alguien a quien conoce bien.

A los 2 años, los niños son capaces de mostrar un autocontrol básico.

De los 3 a los 11 años, los niños desarrollan su capacidad para inhibir conductas reflejas o primitivas, particularmente entre los 3 y los 5. (Gerstadt, Hong, & Diamond, 1994; Kochanska, Murray, Jacques, Koenig, & Vandegeest, 1996; Kopp, 1982; Simpson & Riggs, 2005).

Los niños mayores y los adolescentes son cada vez más capaces de autorregular no sólo su comportamiento, sino también sus emociones y estrategias de resolución de problemas. Durante la primaria (3-12 años) y la secundaria (12-16 años) los niños se vuelven muy precisos en aspectos relacionados con la lectura y gradualmente aprenden a modificar sus estrategias de estudio para mejorar su comprensión.

A partir de los 6 y los 8 años los niños son mucho más propensos a utilizar estrategias para gestionar adecuadamente las emociones negativas. Si están enfadados, pueden dar un paseo o lanzar una pelota de tenis contra la pared; si están tristes, pueden dedicarse a actividades de distracciópn, escribir un diario o hablar con un amigo (Brown, Bransford, Ferrara y Campione, 1983; Dufresne y Kobasigawa, 1989; Thompson, 1994).

Junto con la maduración del cerebro, otro factor importante es el temperamento.

El temperamento parece tener un componente genético significativo. Los investigadores han vinculado aspectos del temperamento (como la inhibición del comportamiento, el control de esfuerzo y el temor) a varios comportamientos autorreguladores en niños preescolares y en edad escolar (como la regulación emocional, el engaño, el cumplimiento de las peticiones de los adultos y las siguientes reglas) (Kochanska, Murray y Harlan, 2000, Kochanska et al., 2001, Rothbart y Bates, 1998).

Pero estos vínculos biológicos no significan que la autorregulación sea completamente innata. Los aspectos del entorno del niño también tienen una fuerte influencia, interactuando con las tendencias temperamentales (Rothbart & Bates, 2006). De hecho, la mayoría de los psicólogos creen que la autorregulación, aunque influida por factores biológicos, comienza con el control externo de los demás y gradualmente se interioriza. Por ejemplo, los niños aprenden estrategias específicas para regular el comportamiento y las emociones mediante el modelado, el proceso de imitar, practicar e internalizar el comportamiento de otros (Schunk y Zimmerman, 1997). Y los niños suelen usar el diálogo interior, o el habla que dirigen hacia sí mismos, para guiar sus esfuerzos de resolución de problemas y para regular el comportamiento, las estrategias cognitivas o las emociones.

También parece que la forma en que los adultos tratan de dirigir el comportamiento y las emociones de los niños afecta la rapidez con que se desarrollan las habilidades de autorregulación. Por ejemplo, es más probable que los niños cambien su comportamiento si están de acuerdo con una solicitud dada. Cuando los niños se conforman porque están de acuerdo con la petición, hay una mayor probabilidad de que vean la petición como su propia idea, o al menos la consideren como sensata, y no la vean como una interferencia con sus intentos de ser independientes (Kochannska et al. Al., 2001). El cumplimiento bajo estas condiciones puede conducir en última instancia a una autorregulación más eficaz. De hecho, en el estudio, el cumplimiento cuando los niños estaban de acuerdo con la solicitud era el único tipo que predijo el cumplimiento cuando los niños se quedaron solos, que es el objetivo de desarrollar la autorregulación. Cuando un niño no está de acuerdo pero se ve obligado a cumplir de todos modos, hay menos internalización de los estándares de los padres y los padres tienden a recurrir a tácticas de control basadas en el poder (y no en la razón).

Pensemos por un momento sobre las implicaciones de esto. Siempre habrá momentos en que un niño no esté de acuerdo con las solicitudes, reglas o decisiones de los padres. Pero forzar la obediencia mediante el uso de poder y control puede retrasar lo mismo que los padres están tratando de enseñar. Las estrategias que fomentan la internalización de las normas sociales (por ejemplo, explicar la razón de ser de una regla, involucrar a los niños en el establecimiento de metas y reglas, etc.) requieren más tiempo y esfuerzo de los cuidadores, pero es probable que produzcan una autorregulación voluntaria.

Regulación emocional.

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